Secretarios vs. concejales

De la gobernabilidad y el control político, a la arena política.


Por David Patiño | En la política territorial, las alianzas de gobierno tienen fecha de vencimiento. Lo que durante la administración fue coordinación, camaradería, respaldo o silencio institucional puede transformarse, al acercarse una nueva disputa electoral, en debate, cuestionamiento y reprimenda pública. Por eso, la relación entre secretarios de despacho y concejales puede pasar rápidamente de la cooperación para gobernar al enfrentamiento propio de la arena política.

El escenario se vuelve principalmente sensible de cara a las elecciones territoriales de 2027, que están a la vuelta de la esquina, previstas para elegir alcaldes, gobernadores, concejos, asambleas y juntas administradoras locales para el periodo 2028-2031. En ese contexto, antiguos aliados pueden convertirse en contendientes, críticos de la gestión o aspirantes a capitalizar políticamente los resultados de las metas del gobierno de turno y también las dificultades del gobierno en ejercicio.

Una alianza con intereses distintos

Durante el primer año de gobierno, el alcalde necesita construir mayorías en el concejo para aprobar el plan de desarrollo, el presupuesto, las autorizaciones de crédito, los proyectos de infraestructura y otras iniciativas administrativas. Los concejales, a su vez, pueden encontrar ventajas en acompañar la agenda gubernamental, participar en acuerdos de gobernabilidad y mostrar resultados ante sus electores.

Los secretarios en cambio son, ese brazo extensor del alcalde, siendo, los principales ejecutores de las políticas públicas. Defienden los programas enmarcados en las metas del Plan de Desarrollo, explicando su ejecución presupuestal, responden por las metas y sirven de enlace entre la administración y el honorable concejo.

Sin embargo, los intereses empiezan a tomar rumbos diferentes cuando aparece el calendario electoral regional y local. El secretario o secretaria debe proteger la gestión del alcalde y preservar la continuidad administrativa. El concejal, en cambio, necesita diferenciarse, demostrar independencia y construir una narrativa propia ante los ciudadanos que lo desligue del mensaje del alcalde. La misma obra, contrato o política que antes era presentada como un logro colectivo puede empezar a ser mostrada como insuficiente, tardía o mal ejecutada.

La alianza se debilita porque cada actor empieza a responder a públicos diferentes:

  • El secretario responde institucional y políticamente ante el alcalde, la administración y órganos de control.
  • El concejal responde ante su bancada, su partido, la militancia que lo eligió y protegiendo sus aspiraciones futuras.
  • El alcalde quiere preservar su legado de gobierno y mantener capacidad de decisión.
  • Los grupos políticos pretenden controlar la sucesión o posicionar una candidatura alternativa, posicionando un mensaje de pésimo gobierno.

Así, el debate deja de concentrarse únicamente en si una política funciona, y empieza a girar alrededor de quién puede atribuirse sus resultados.

El pasado como fuente de conflicto

Los enfrentamientos pueden ser más intensos cuando los concejales participaron activamente en la construcción de la administración. Quienes aprobaron el plan de desarrollo, respaldaron el presupuesto o custodiaron determinadas decisiones cuestionadas como los endeudamientos, pueden verse obligados, posteriormente, a explicar por qué cambiaron de posición.

Allí aparece una de las principales tensiones, el concejal que antes defendía una política pública puede ahora cuestionarla, mientras que el secretario puede recordarle públicamente que esa decisión contó con su respaldo. El debate político se convierte entonces en una disputa por la memoria de la gestión.

De lo anterior surgen preguntas como estas; ¿Quién aprobó el presupuesto que ahora se critica?, ¿Quién acompañó las autorizaciones para contratar o endeudarse?, ¿Quién participó en las reuniones de concertación?, ¿Quién conocía los riesgos y decidió guardar silencio?, el cuestionamiento responderá a una ¿preocupación ciudadana o a una estrategia electoral?

Estas preguntas no son necesariamente ilegítimas. La rendición de cuentas incluye examinar las decisiones colectivas y sus resultados. El problema aparece cuando el control político se usa selectivamente, se cuestiona al antiguo aliado no porque haya surgido nueva información, sino porque dejó de ser útil para la estrategia electoral.

El control político como escenario de disputa

El concejo tiene una función constitucional y legal de control político sobre la administración municipal. La Ley 136 de 1994 permite citar a secretarios, jefes de departamento administrativo, representantes legales de entidades descentralizadas, personero y contralor. Las citaciones deben formularse mediante cuestionario escrito, con una anticipación mínima de cinco días hábiles, y el debate debe limitarse a los asuntos relacionados con el cuestionario.

Esto significa que el control político no es una concesión del alcalde ni una persecución personal contra los funcionarios. Es una función institucional del concejo, orientada a examinar la gestión pública, solicitar explicaciones y verificar el cumplimiento de las políticas y del presupuesto.

Las herramientas más frecuentes son, citaciones a secretarios y directores para responder cuestionarios,  solicitud de informes escritos sobre ejecución presupuestal, metas y contratos, debates de control político sobre sectores específicos, invitaciones a contratistas, expertos, organizaciones sociales y representantes comunitarios, seguimiento a indicadores del plan de desarrollo, revisión de la contratación y de la prestación de servicios,  proposición de debates sobre problemas de impacto ciudadano, traslado de posibles irregularidades a la personería, contraloría, procuraduría o fiscalía, según corresponda.

La Corte Constitucional ha reconocido que las asambleas y concejos ejercen control político sobre la gestión gubernamental de las entidades territoriales. Pero esa función tiene límites; no puede convertirse en una investigación penal paralela, en una sanción anticipada ni en un mecanismo para sustituir las competencias del alcalde o de los órganos de control.

¿Cuándo el control político se vuelve electoral?

La proximidad de las elecciones no invalida automáticamente un debate. Un problema real no deja de existir porque se discuta en vísperas de año electoral. Sin embargo, el contexto puede afectar la forma, la selección de los temas y el tono de las intervenciones.

El control político puede verse contaminado por intereses electorales cuando; se citan funcionarios por asuntos menores mientras se omiten problemas más relevantes, se formulan preguntas genéricas, acusatorias o imposibles de responder, se repiten debates ya resueltos sin aportar información nueva, se divulgan conclusiones antes de escuchar las explicaciones, se utilizan las sesiones para promocionar candidaturas o atacar adversarios, se confunde responsabilidad política con responsabilidad disciplinaria, fiscal o penal, se exige al secretario responder por materias que no corresponden a su cargo, se usa la exposición mediática como sustituto de la argumentación técnica.

La Ley 136 exige que las citaciones se refieran a asuntos propios del cargo del funcionario y que el debate no se extienda a materias ajenas al cuestionario. Esta regla es especialmente importante cuando el debate adquiere una dimensión electoral, porque impide convertir la sesión en un interrogatorio ilimitado o en una plataforma de acusaciones sin relación directa con la gestión examinada.

Las deudas pendientes de la administración

El enfrentamiento también puede surgir porque los secretarios conocen desde dentro las decisiones de gobierno. Un secretario (a) que abandona el cargo puede convertirse en una fuente privilegiada de información política para sectores adversos. Puede explicar cómo se tomaron las decisiones, cuáles fueron las advertencias técnicas, qué compromisos se adquirieron durante la administración, y que acuerdos externos quedaron bajo de la mesa.

A la inversa, el alcalde y los concejales que permanecen en la coalición pueden cuestionar al exsecretario por su gestión. El antiguo funcionario puede quedar atrapado entre dos actores defender sus actuaciones y, al mismo tiempo, distanciarse de decisiones que ahora pueden resultar impopulares y hasta ser su muerte política.

Cuando el calendario se acerca a las elecciones territoriales, la solicitud expedita o sorpresiva de una eventual renuncia masiva a sus secretarios y gabinete aparece, permite al alcalde “medir lealtades y renegociar apoyos”. Es el momento en que la administración evalúa si los sectores políticos representados en el gabinete seguirán acompañando la agenda del alcalde o si, por el contrario, ya están construyendo candidaturas independientes o de oposición.

En ese proceso queda en entredicho, la priorización de proyectos y obras, la ejecución real del presupuesto, los contratos celebrados, sus modificaciones y adiciones, la eficacia de los programas sociales, las metas de seguridad, movilidad, salud o educación, la gestión de convenios y asociaciones público-privadas, el manejo de las crisis administrativas, la transparencia en la selección de contratistas, la coordinación entre las secretarías y el despacho del alcalde.

No toda deficiencia equivale a corrupción o ilegalidad. Una política puede ser legal y, sin embargo ineficaz, puede tener recursos asignados y no alcanzar las metas, o puede estar bien diseñada pero mal ejecutada. El control político serio debe distinguir entre error administrativo, negligencia, ineficiencia, incumplimiento, responsabilidad fiscal, falta disciplinaria y posible delito.

El rol de los secretarios y las secretarias

Los secretarios no deben responder al control político como si se tratara únicamente de una confrontación partidista. Su obligación es presentar información verificable, completa y comprensible.

También deben evitar dos errores comunes. Primero es responder con consignas políticas a preguntas técnicas. Segundo es atribuir todos los problemas a la administración anterior, al concejo o a factores externos sin asumir con criterio la falta de responsabilidad que les corresponde.

Cuando un secretario fue aliado político de los concejales que ahora lo cuestionan, la mejor defensa no es la confrontación personal, sino la trazabilidad documental, actas, informes de supervisión, indicadores, cronogramas, estudios previos, modificaciones contractuales y soportes presupuestales, permiten reconstruir quién decidió qué, cuándo y con fundamento en qué información.

El papel de los concejales

Los concejales tienen la oportunidad de demostrar que el control político es algo más que una disputa electoral. Para ello, deben formular cuestionarios precisos, solicitar datos comparables y evitar que el debate dependa exclusivamente de denuncias en redes sociales o de afirmaciones sin soporte.

La calidad del control no se mide por el número de funcionarios citados ni por la intensidad de los discursos, sino por su capacidad para producir explicaciones, correctivos y decisiones públicas. Si el debate termina únicamente en titulares, acusaciones cruzadas y posicionamiento electoral, los corporados pierden credibilidad.

El futuro de las coaliciones inestables

El periodo que se aproxima estará marcado por una mayor competencia política dentro de las propias coaliciones de gobierno. Muchos concejales buscarán conservar su curul, algunos aspiraran a la alcaldía, otras respaldaran los candidatos de los representantes a la Cámara o del Senado, o negociaran posiciones en la próxima administración. Los secretarios también pueden convertirse en actores políticos; algunos intentarán continuar en el gobierno, otros buscarán una candidatura y otros se apartarán para preservar su reputación y jugar a dos bandas.

Por eso, las decisiones actuales serán evaluadas no solo por sus efectos administrativos, sino por su utilidad electoral. Cada obra, cada contrato, cada crisis o declaración podrá convertirse en un elemento de campaña. La administración enfrentará un dilema; mantener la disciplina de gobierno mientras sus antiguos aliados comienzan a construir un discurso de oposición.

En ese escenario, es probable que aumenten; los debates sobre ejecución presupuestal, las denuncias sobre contratación, las solicitudes de información, las controversias sobre obras inconclusas, la revisión de promesas incumplidas, las disputas por la autoría de los resultados, las acusaciones de doble militancia o incoherencia política, la utilización de redes sociales para presionar a funcionarios y concejales.

La competencia no necesariamente es negativa. Puede mejorar la vigilancia ciudadana y obligar a la administración a justificar sus decisiones. El riesgo aparece cuando la lógica electoral reemplaza la responsabilidad institucional.

Gobernabilidad después de la alianza

El tránsito de aliados a contendientes es normal en una democracia, pero no debería borrar las reglas de la administración pública. Quien acompañó al gobierno debe poder ejercer oposición sin negar sus propias decisiones. Quien fue secretario debe rendir cuentas sin convertir cada cuestionamiento en una persecución política. Y quien todavía integra la administración debe responder por sus actuaciones sin escudarse exclusivamente en el respaldo del alcalde.

El desafío consiste en separar tres planos que suelen mezclarse:

  • La competencia electoral, en la que cada candidato busca convencer al ciudadano.
  • El control político, en el que el concejo examina la gestión administrativa.
  • La responsabilidad jurídica, en la que las autoridades competentes determinan si hubo infracciones, daño patrimonial o delitos.

La democracia local se debilita cuando estos planos se confunden. Un concejal puede ser un adversario electoral y, al mismo tiempo, ejercer un control legítimo. Un secretario puede ser un funcionario cuestionado y, aun así, tener derecho a responder con garantías. Y un antiguo aliado puede cambiar de posición sin que ese cambio sea automáticamente prueba de traición, aunque así deba explicar las razones de su nueva postura.

La verdadera prueba de gobernabilidad llegará cuando los acuerdos políticos dejen de ser convenientes. En ese momento se sabrá si existía una alianza basada en un proyecto público o simplemente una coincidencia temporal de intereses. El control político, bien ejercido, no debería destruir la gestión ni protegerla de manera ciega, debería revelar qué se hizo, quién decidió, qué resultados se obtuvieron y qué debe corregirse antes de que la disputa electoral termine convirtiendo la administración pública en el escenario de una revancha política.

“En la política territorial, la lealtad dura lo que tarda en llegar el calendario electoral, lo que ayer fue alianza de gobierno, mañana es munición para el control político”. D. Patiño. 

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David Patiño - Politólogo, Asesor SVSP, Magister en Proyect Management, Asesor político, Estadista Criminal, - Reserva P. Mindefensa
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