En el funeral de mi bisabuela entendà que el olvido también tiene apellido. Las mujeres que dieron origen a nuestras familias suelen desaparecer de la memoria escrita, incluso cuando son ellas quienes sostuvieron la vida de generaciones enteras.
Por Karol Escobar | El pasado domingo no me imaginé que una funeraria pudiera enseñarme algo sobre la historia de las mujeres. Llegué al velorio de mi bisabuela convencida de que iba a despedir a una mujer que habÃa vivido una vida larga, llena de sacrificios, afectos y silencios. Creà que ese dÃa estarÃa marcado únicamente por el dolor de la pérdida, pero mientras observaba los ramos de flores que rodeaban su ataúd, comprendà que también estaba asistiendo a otra despedida: la de su nombre.
Empecé a leer las tarjetas que
acompañaban cada arreglo floral. "Familia..." decÃa una tras otra,
seguida de los apellidos de sus hijos, de sus nietos, de sus bisnietos y de sus
tataranietos. Eran los apellidos que sobrevivirÃan a ella. Eran los nombres que
contarÃan la historia de la familia cuando ya no quedara nadie para recordarla.
Entonces busqué el suyo y no
estaba. El apellido de mi bisabuela habÃa desaparecido. La mujer que dio vida a
esa familia, que la sostuvo durante décadas, que parió, alimentó, cuidó, educó
y amó ya no estaba representada ni siquiera en el último gesto de su despedida.
Y entendà que no era un hecho
aislado. HabÃa enterrado antes a otra bisabuela, porque de cuatro, solo conocÃ
dos. También a una de mis abuelas y nunca me habÃa detenido a pensar que en
todas esas despedidas habÃa ocurrido exactamente lo mismo. Sus nombres se
habÃan ido apagando poco a poco hasta quedar reducidos a un parentesco: la
esposa de..., la mamá de..., la abuela de… como si una vida entera pudiera
resumirse en el vÃnculo con un hombre.
Qué injusta puede ser la memoria.
Las mujeres son quienes enseñan
las primeras palabras, quienes recuerdan las fechas importantes, quienes
guardan las fotografÃas familiares, quienes saben dónde nació cada hijo, quién
se parecÃa a quién, qué receta preparaba alguien y cuál era la historia detrás
de aquella vieja casa. Son las grandes guardianas de la memoria cotidiana pero
cuando llega el momento de escribir la historia, son las primeras en
desaparecer de ella.
Fue entonces cuando la pregunta
dejó de ser sobre mi bisabuela y empezó a ser sobre mÃ, porque me di cuenta de
que no tengo absolutamente nada, desde el punto de vista legal, que me una a
las mujeres de las que provengo. Nada. Y me estremecÃ, porque en los documentos
que dicen quién soy no aparece ninguna de las mujeres que hicieron posible mi
existencia.
Me parezco mucho más a mis
abuelas que a mis abuelos. En mi manera de enfrentar la vida vive el carácter
de una de ellas, en mi sensibilidad reconozco a la otra, mi liderazgo, mi fortaleza,
mi terquedad, mi capacidad para levantarme después de las caÃdas y hasta
algunos de mis temores vienen de mujeres que nacieron mucho antes que yo y estoy
segura de que mi valentÃa tiene algo de ellas, y también mis miedos.
Las mujeres heredamos mucho más
que rasgos fÃsicos. Heredamos maneras de resistir, la capacidad de cuidar sin
dejar de luchar, cicatrices que no siempre vemos y una fuerza que muchas veces
ni siquiera sabemos explicar. Sin embargo, hay algo de ellas que nunca pude
heredar: Su nombre.
No llevo el apellido de ninguna
de mis abuelas. Ningún documento que me identifica habla de ellas. Mi cédula,
mi registro civil, mis diplomas, mi tarjeta profesional cuando la obtenga, cualquier
contrato que firme y cada papel que acredita quién soy cuentan únicamente la
historia de los hombres de mi familia, y aunque las mujeres aparecen en mi
sangre, en mi rostro, en mi carácter y en mi historia personal, no lo hacen en
aquello que el Estado reconoce como mi identidad. Tengo el apellido de mi mamá,
sÃ, pero ese apellido tampoco era originalmente suyo: es el apellido de su
padre, mi abuelo. También ella heredó una identidad construida a partir de la
lÃnea masculina.
Asà que en algún momento, de mis
abuelas no quedará ninguna huella jurÃdica como si ellas hubieran sido un
simple puente biológico entre una generación de hombres y la siguiente. Pero no
lo fueron. Ellas fueron el origen.
Fueron quienes dieron la vida,
quienes sostuvieron los hogares cuando nadie reconocÃa el trabajo de cuidar,
quienes criaron hijos, nietos y bisnietos, quienes enseñaron valores,
transmitieron la memoria familiar y mantuvieron unida a la familia incluso en
los momentos más difÃciles. Y cuesta entender que a pesar de eso, la ley no
conserva nada de ellas en mÃ.
Lo más doloroso es comprender que
esa desaparición no termina conmigo, porque si algún dÃa soy madre, mis hijos
tampoco llevarán nada de ellas. Llevarán mi apellido, sÃ, pero ese apellido ya
habrá atravesado varias generaciones de hombres antes de llegar a mÃ, por lo
que el rastro de mis abuelas habrá desaparecido por completo de la identidad
legal de quienes vengan después.
Lo peor es que esto es una forma
de olvidar tan cotidiana que casi nunca la cuestionamos.
Nos enseñaron durante siglos que
los apellidos representan el linaje, cuando en realidad representan solo una
parte de él, porque la otra mitad también existe, trabaja, cuida, resiste y
hace posible la continuidad de la familia, pero desaparece lentamente hasta
convertirse apenas en un recuerdo contado de generación en generación.
Quizá por eso me dolió tanto no
encontrar el apellido de mi bisabuela en aquellas flores, porque entendà que no
solo la estábamos despidiendo a ella sino también a la última evidencia visible
de un nombre que el tiempo, las costumbres y el patriarcado decidieron borrar,
haciendo que el machismo deje de parecer una injusticia y se confunda con
tradición.
Esa ausencia dejó de parecerme
natural, por eso aquel descubrimiento me ha perseguido desde ese dÃa, porque
entendà que el olvido nunca empieza en los grandes libros de historia sino mucho
antes. Empieza cuando una niña aprende el apellido de su abuelo, pero nunca
conoce el de su bisabuela. Empieza cuando los árboles genealógicos solo siguen
una lÃnea familiar, como si la otra mitad hubiera existido únicamente para
hacer posible la descendencia. Empieza cuando una mujer muere y su identidad
desaparece detrás de los nombres de los hombres que la rodearon.
Y es ese mismo mecanismo el que borró
a las mujeres de la historia universal.
Nos hicieron creer que no habÃa
cientÃficas extraordinarias, hasta que descubrimos que muchas investigaciones
fueron atribuidas a hombres. Nos hicieron creer que casi no existÃan filósofas,
escritoras o artistas, hasta que empezamos a recuperar sus obras y a entender
que muchas fueron silenciadas, ignoradas o publicaron bajo nombres masculinos
para poder ser leÃdas.
Pensamos que esa historia habÃa
quedado atrás, pero no del todo.
Hoy vemos cómo en distintos
paÃses se intenta borrar los avances de las mujeres. En Estados Unidos se
retiran libros de bibliotecas escolares por abordar el feminismo o los derechos
de las mujeres; en HungrÃa los programas de estudios de género han sido
restringidos o eliminados de las universidades y en Argentina, algunos
discursos polÃticos vuelven a presentar la igualdad como una amenaza e intentan
convencer a las nuevas generaciones de que las luchas de las mujeres fueron
exageradas o innecesarias. Es inquietante, porque antes nos borraban impidiendo
que escribiéramos nuestra historia, pero ahora, en muchos lugares, intentan
borrar la historia que ya alcanzamos a escribir.
Mientras pienso en todo eso, vuelvo
mentalmente a la tumba cubierta de flores, y es que las tarjetas no hablaban
solamente de mi bisabuela. Hablaban de todas: De las mujeres que sostuvieron
familias enteras sin reconocimiento, de las que renunciaron a sus sueños para
que otros pudieran cumplir los suyos, de las que sobrevivieron a una época en
la que estudiar, trabajar, votar o decidir sobre sus propias vidas ni siquiera
era una posibilidad, de las que nos heredaron una fuerza que hoy nos permite
levantar la voz precisamente porque ellas resistieron cuando casi nadie las
escuchaba.
Hoy mis bisabuelas ya no están, tampoco
una de mis abuelas, y lo único que me queda de ellas es la voz que me heredaron
para hablar fuerte y sin miedo.
Y quizá esta sea la forma más
profunda de justicia que puedo ofrecerles: nombrarlas. Felisa, Marina,
Roquelina, Casta, Martha y Delfida. Recuperar sus apellidos: Bautista,
Quintero, Rangel, Mora, Monsalve y Rangel. Recordar que antes de ser madres,
esposas o abuelas fueron mujeres completas, con una identidad que nunca debió
desaparecer detrás del apellido de nadie.
Para ellas, hay dos maneras de
morir: La primera ocurrió cuando el corazón dejó de latir y la segunda, que no
pasará durante mi existencia, mucho más silenciosa y cruel, cuando nadie vuelva
a pronunciar sus nombres.
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Karol Escobar - Abogada (EF) - Activista Feminista.
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