Abelardo: nosotras ya llevamos años salvando la patria

Mientras algunos prometen rescatar a Colombia con discursos de autoridad, violencia y valores tradicionales, las mujeres seguimos esperando algo más simple y democrático: que nuestros derechos sean respetados, garantizados y nunca convertidos en moneda de cambio política.


Por Karol Escobar | Durante siglos, la política colombiana ha estado marcada por la figura del hombre fuerte, del líder que promete salvar a la patria de todos sus males, y aunque cambian los nombres, los partidos y los eslóganes, el libreto parece ser el mismo: un país en crisis necesita un salvador dispuesto a imponer orden. Sin embargo, hay una pregunta que rara vez se formula: ¿quién salva a las mujeres de los salvadores?

En el discurso de dirigentes como el presidente electo Abelardo de la Espriella, la patria aparece como una mujer frágil que necesita ser defendida por hombres valientes. La metáfora puede sonar poderosa, pero también revela una visión profundamente paternalista. Porque, curiosamente, cuando las mujeres dejamos de ser símbolo y nos convertimos en ciudadanas con voz propia, comienzan las incomodidades. Ya no basta con homenajearnos el 8 de marzo o llamarnos "el corazón de la familia"; entonces aparecen las críticas a nuestras decisiones, a nuestras luchas y a nuestros derechos.

Las mujeres no parimos hijos para la guerra. Los parimos para que crezcan en un país donde la vida tenga más valor que la muerte, para que puedan estudiar, amar, crear, equivocarse y construir un mejor mundo, así que convertir la confrontación permanente en una virtud política puede sonar atractivo desde un atril blindado en una tarima en Bogotá, pero quienes históricamente han cargado con las consecuencias de la violencia saben que la guerra nunca reparte sus costos de manera equitativa, porque las madres entierran hijos, las esposas esperan desaparecidos y las niñas crecen en medio del miedo sin padres. La guerra no tiene piedad y ninguna quiere recibir una bandera doblada en lugar de un abrazo.

Por eso preocupa que el lenguaje de la fuerza termine desplazando al lenguaje de los derechos, pues, si bien la seguridad es una obligación irrenunciable del Estado, una democracia no se fortalece únicamente con más capacidad para perseguir y castigar el delito, sino también cuando garantiza las libertades, protege el pluralismo y respeta el Estado Social de Derecho, además de que cuando el discurso político gira exclusivamente alrededor del enemigo, el orden y la mano dura, siempre existe el riesgo de que las voces diferentes sean vistas como un obstáculo y no como parte de la conversación.

Y es que no estoy exagerando con lo anterior si algunas de las propuestas de seguridad anunciadas por el nuevo gobierno como la creación de bloques de seguridad urbana ya han generado cuestionamientos de distintos sectores políticos, académicos y de derechos humanos que advierten sobre la necesidad de definir con absoluta claridad su naturaleza, sus límites, sus mecanismos de control y su sujeción a las autoridades civiles y a la Constitución, pues Colombia conoce demasiado bien las consecuencias de permitir que estructuras armadas civiles operen sin controles suficientemente robustos.

Nuestra historia nos ha enseñado que la seguridad solo es legítima cuando está plenamente sometida al Estado de Derecho, a la transparencia y al respeto irrestricto de los derechos humanos, por lo que la paz y la seguridad que anhelamos no pueden construirse sobre fórmulas que despierten el temor de repetir errores que el país todavía no termina de superar.

Y cuando hablamos de derechos, las mujeres no estamos pidiendo privilegios. Exigimos que se respeten los derechos laborales que tanto costó conquistar, que la participación política deje de ser un favor para convertirse en una realidad y que los derechos sexuales y reproductivos continúen siendo protegidos dentro del marco constitucional y judicial vigente. 

La autonomía sobre nuestros cuerpos no puede depender de la ideología del gobernante de turno ni de convicciones religiosas particulares de sus gabinetes, porque los derechos existen precisamente para impedir que las mayorías o quienes ostentan el poder decidan cuáles libertades merecen ser respetadas y cuáles no.

Y luego están los ministerios. No basta con decir que habrá mujeres, la cuestión es otra: ¿para qué estarán allí? Porque tener rostros femeninos ocupando cargos públicos es un avance cuando llegan con la posibilidad real de ampliar derechos y representar la diversidad del país, pero convertir la representación femenina en una simple fotografía institucional vacía de contenido es algo muy diferente.

El anuncio de Viviane Morales como ministra de Educación ha abierto precisamente ese debate. Su trayectoria incluye posiciones ultraconservadoras ampliamente conocidas en temas como educación sexual y derechos de las personas de la comunidad LGBTIQ+, lo que ha despertado críticas desde distintos líderes que consideran que esas posturas chocan con una educación basada en el pluralismo y los derechos. Así que, no toda mujer representa automáticamente las luchas de las mujeres. 

La igualdad y equidad no consisten únicamente en cambiar el género de quien ocupa una oficina, sino en garantizar que quienes toman decisiones comprendan que la educación debe formar ciudadanos libres, críticos y respetuosos de las diferencias, no convertirse en un escenario para imponer una visión única del mundo.

Las mujeres no necesitamos héroes. Necesitamos políticas públicas implementadas en la realidad. No necesitamos que nos hablen en nombre de la familia para limitar nuestros derechos. Necesitamos condiciones para estudiar, trabajar, vivir sin violencia y participar en igualdad de condiciones en las decisiones que afectan al país.

Quizá el mayor error de algunos discursos contemporáneos sea creer que la patria se salva desde un balcón, con la camisa de la Selección y una bandera en la mano. La patria se construye en una escuela donde una niña aprende que puede ser científica o presidenta, en un hospital donde una mujer recibe atención sin prejuicios, en un juzgado donde una víctima encuentra justicia, en un Congreso donde las diferencias se tramitan con argumentos y no con enemigos imaginarios, en un Ministerio donde se respetan las luchas históricas por los derechos que hoy gozamos y en una Presidencia que entienda que no somos solo la cara bonita de la foto.

Así que no, las mujeres no estamos esperando un salvador. Ya llevamos décadas salvándonos entre nosotras: organizándonos, estudiando, litigando, marchando, votando, ocupando espacios que durante siglos nos fueron negados y defendiendo derechos que hoy algunos presentan como privilegios.

La patria tampoco necesita milagros. Necesita memoria. Necesita igualdad. Necesita instituciones que respeten la Constitución y gobiernos que entiendan que los derechos de las mujeres no son negociables ni dependen de la voluntad del gobernante de turno.

Entonces, si alguien insiste en "salvar la patria", que empiece por entender una cosa: la patria también somos nosotras. Y hace mucho dejamos de esperar permiso para construirla.

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Karol Escobar - Abogada (EF) - Activista Feminista.
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