Tres modelos, un mismo riesgo

Cuando el espejo equivocado nos mira de frente

Viajar por América Latina es entender que ningún país copia bien al vecino. Argentina llegó con ajuste, El Salvador con mano dura, y Colombia siempre busca atajos. Hoy algunos sectores miran hacia Buenos Aires y San Salvador como referencia. Otros hablan de una Colombia liderada por figuras como Abelardo de la Espriella. La pregunta no es quién grita más fuerte, sino qué queda después del ruido para la gente común en Barrancabermeja.


Por John Fuentes | Argentina eligió un modelo de shock económico: reducción drástica del gasto, devaluación y promesas de libre mercado para contener una inflación que por años destruyó salarios. El relato es contundente: menos Estado, más mercado, orden fiscal. En la calle, el costo se paga en precios, despidos y una clase media que ajusta todo. El resultado social es una sociedad que sobrevive mes a mes, con miedo a recaer. Es un modelo que prioriza los números macro por encima del tejido social que se rompe en el proceso.

El Salvador tomó otra ruta: seguridad primero. El gobierno concentró poder, reformó cárceles y aplicó un estado de excepción prolongado para bajar homicidios. La calle se volvió más transitable y el turismo volvió a respirar. Sin embargo, el precio social es la suspensión de garantías, miles de detenciones sin condena y familias que viven con la duda de quién cae en el próximo operativo. De hecho, la tasa de homicidios se redujo en más del 80%, pero el país mantiene a más de 110.000 personas en prisión desde marzo de 2022. Es un modelo que cambia miedo por control, pero deja instituciones débiles y poca inversión en educación, salud o empleo formal para sostener la paz en el tiempo.

Colombia no es Argentina ni El Salvador

Colombia tiene una mezcla distinta de problemas. Tenemos violencia fragmentada, no centralizada, con minería ilegal, narcotráfico, extorsión y disidencias. Tenemos informalidad laboral del 55%, un campo abandonado y regiones como Santander donde el Estado llega tarde. De hecho, más de la mitad de los trabajadores colombianos no tiene empleo formal ni seguridad social. Copiar el shock argentino aquí sería explosivo. Nuestra economía no aguanta un ajuste que corte subsidios sin reemplazarlos con empleo. Una devaluación agresiva nos pegaría directo en la canasta familiar y en la deuda de los hogares. Argentina tiene industria y puerto; Colombia tiene microempresas y sistemas de crédito informales (gota a gota). El remedio podría matar al paciente.

Copiar el modelo salvadoreño tampoco encaja. Nuestra criminalidad no es solo de pandillas callejeras. Aquí el crimen es diverso y endémico. Una política de mano dura sin debido proceso puede dar titulares, pero en Barrancabermeja la gente sabe que si cierras una olla, abren tres. Además, Colombia tiene un sistema judicial colapsado y cárceles saturadas. Meter miles de personas a la cárcel sin capacidad real de investigación deja un hueco institucional que después se cobra. El control sin oportunidades genera, a lo sumo, una paz prestada.

El caso de un gobierno tipo La Espriella

Aquí entra el debate sobre un posible gobierno liderado por Abelardo de la Espriella. Su discurso se ha centrado en orden, mano firme contra la criminalidad y defensa de la empresa privada. Para muchos es un respiro frente a la inseguridad y la percepción de impunidad. El enfoque social que promete es reactivo: atacar el delito, blindar al comerciante y reducir la burocracia estatal.

El problema es que ese modelo, por sí solo, no toca las causas profundas. Colombia no mejora solo con cárcel o con discursos contra el Estado. Necesitamos legalidad en el territorio, sí, pero también títulos de tierra, vías terciarias, colegios técnicos y crédito para el pequeño productor. Un gobierno con ese estilo puede mejorar la percepción de seguridad en las ciudades grandes. Pero en los municipios intermedios, donde no hay industria ni banca, la gente seguiría sin empleo formal. Es decir, orden sin desarrollo.

Otro punto social es la polarización. Un modelo muy confrontativo divide rápido al país entre “los buenos” y “los enemigos”. Eso cierra espacio al diálogo regional, a los alcaldes y a las juntas de acción comunal. Colombia se gobierna desde el centro, pero se sostiene desde las veredas. Cuando el gobierno nacional trata a la oposición como un obstáculo en lugar de un actor, los proyectos locales se frenan. Y el ciudadano que espera una carretera o un puesto de salud es quien pierde.

Lo que Colombia sí necesita y ninguno de los tres da

Ninguno de los tres modelos resuelve lo básico: empleo formal para jóvenes, salud que funcione sin tutelas y seguridad rural con presencia efectiva del Estado (no solo del ejército). Argentina da “macro” pero quita la red; El Salvador da la calle pero quita garantías; un gobierno al estilo La Espriella podría dar autoridad, pero sin inversión social sostenida deja al ciudadano solo después del operativo.

Colombia necesita un modelo híbrido, no importado. Sí al orden con debido proceso, pero también a la formalización masiva, una reforma agraria real y educación técnica conectada con las empresas de cada región. En Santander, por ejemplo, el petróleo, el turismo y la agroindustria pueden generar empleo si el Estado cofinancia proyectos en lugar de entorpecerlos. Eso no lo da un ajuste, ni una cárcel, lo da una política industrial clara.

Mientras sigamos buscando salvadores en otros países o discursos ajenos, seguiremos aplazando lo que funciona: Estado presente donde hoy no llega, justicia que investiga y castiga, y educación que conecte con el mundo digital. Copiar duele. Adaptar construye.

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John Carlos Fuentes Turizo
Licenciado en Lengua Castellana y Comunicación – Universidad de Pamplona.
Especialista en Didáctica y TIC – Universidad de Cartagena.
Estudiante de Maestría en Recursos Digitales para la Educación – Universidad de Cartagena.

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