El futuro segĂșn el ayer

Durante décadas se creyó que la historia avanzaba en una sola dirección. Mås derechos, mås democracia, mås inclusión y mås participación ciudadana parecían ser conquistas irreversibles.


Por Milton Ardila | 
Sin embargo, el siglo XXI ha demostrado que la historia no siempre avanza. A veces se detiene. A veces retrocede. Y en ocasiones regresa disfrazada de novedad.

En distintos lugares del mundo ha surgido una nueva corriente polĂ­tica que se presenta como rebelde, antisistema y revolucionaria.

Sus lĂ­deres aseguran hablar en nombre del pueblo comĂșn. Prometen derribar Ă©lites, enfrentar burocracias y recuperar valores que consideran perdidos.

Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil, Javier Milei en Argentina y diversas expresiones de la derecha radical europea son ejemplos de ese fenĂłmeno global.

Cada proceso posee características propias. Ninguno es idéntico al otro. Sin embargo, comparten elementos que permiten identificar una misma tendencia política y cultural.

Todos construyen una narrativa donde el presente aparece como una época de decadencia. Todos señalan enemigos internos responsables de esa supuesta decadencia.

Todos prometen restaurar un orden perdido y todos convierten el pasado en una promesa de futuro. La paradoja resulta evidente.

Se presentan como portadores de una transformación histórica, pero muchas de sus propuestas consisten en recuperar estructuras, valores y jerarquías que pertenecen a otras épocas.

Hablan constantemente de libertad. Pero con frecuencia cuestionan derechos conquistados por minorĂ­as, mujeres, movimientos sociales y sectores histĂłricamente excluidos.

Hablan de democracia. Pero muchas veces muestran desconfianza hacia instituciones democrĂĄticas cuando estas limitan sus proyectos polĂ­ticos.

Hablan de pluralismo. Pero suelen reducir el debate pĂșblico a una confrontaciĂłn entre patriotas y enemigos, hoy Europa ofrece ejemplos particularmente reveladores.

El crecimiento electoral de fuerzas nacionalistas y ultraconservadoras ha transformado el panorama polĂ­tico de varios paĂ­ses.

Lo que hace pocos años parecĂ­a marginal hoy ocupa espacios importantes dentro del debate pĂșblico. Ideas antes consideradas extremas han comenzado a normalizarse.

Discursos antes impensables circulan ahora con naturalidad en redes sociales, medios digitales y escenarios institucionales. La radicalizaciĂłn ocurre gradualmente ellas no llega mediante un anuncio formal.

Llega cuando ciertas propuestas dejan de escandalizar, llega cuando determinados discursos dejan de generar alarma, llega cuando la sociedad se acostumbra a escuchar mensajes que antes consideraba incompatibles con la convivencia democrĂĄtica.

Ese fenómeno también alcanza debates sobre derechos de las mujeres. En algunos sectores han reaparecido discursos que cuestionan conquistas históricas alcanzadas durante décadas de movilización social.

No se trata Ășnicamente de debates culturales. Se trata de discusiones sobre ciudadanĂ­a, representaciĂłn polĂ­tica y participaciĂłn democrĂĄtica.

Resulta llamativo que algunos sectores pretendan presentar estas posiciones como innovadoras. En realidad, muchas de ellas son planteamientos que la historia ya conociĂł.

La lucha por el voto femenino, por ejemplo, no fue un regalo institucional. Fue una conquista obtenida mediante décadas de organización y resistencia.

Por eso preocupa observar cĂłmo ciertas corrientes polĂ­ticas intentan relativizar avances que parecĂ­an consolidados.

Lo hacen bajo el lenguaje del orden, lo hacen bajo el lenguaje de la tradiciĂłn, lo hacen bajo el lenguaje de la recuperaciĂłn moral. Pero detrĂĄs de esos conceptos aparece una pregunta fundamental.

¿Recuperar exactamente quĂ©? - ¿Y para beneficio de quiĂ©n?

La historia enseña que cada vez que una sociedad idealiza excesivamente el pasado termina olvidando sus contradicciones.

Todo pasado tiene luces, pero también tiene sombras. Todo pasado tiene logros, pero también exclusiones; es por eso que la memoria histórica resulta tan importante, no para vivir anclados en ella, sino para evitar repetir errores ya conocidos.

Colombia no es ajena a esta tendencia internacional. Las mismas corrientes que avanzan en otras latitudes comienzan a encontrar representaciĂłn polĂ­tica dentro del paĂ­s.

Aparecen nuevos liderazgos que se presentan como alternativa frente al establecimiento tradicional, se construyen con una narrativa antisistema y prometen romper con las élites políticas.

Se muestran como agentes de una transformaciĂłn profunda. Sin embargo, al examinar con detenimiento sus discursos surgen interrogantes inevitables.

¿Estamos realmente frente a una propuesta novedosa?

¿O estamos observando el regreso de viejas ideas bajo nuevos formatos comunicativos?

En ese contexto aparece la figura de Abelardo; mĂĄs allĂĄ de simpatĂ­as o diferencias polĂ­ticas, representa para muchos sectores una expresiĂłn colombiana de esta nueva derecha radical.

Una corriente que combina elementos conservadores, nacionalistas y confrontacionales - Una corriente que encuentra en la polarizaciĂłn una herramienta polĂ­tica permanente - Una corriente que convierte al adversario en enemigo.

Y que transforma la diferencia democrĂĄtica en una amenaza existencial.

La preocupaciĂłn no radica Ășnicamente en las propuestas, tambiĂ©n radica en el lenguaje, la historia demuestra que los procesos autoritarios suelen comenzar con palabras antes que con acciones.

Primero se deslegitima al contradictor, despuĂ©s se le estigmatiza, luego se le señala como responsable de todos los problemas colectivos y finalmente se justifica su exclusiĂłn. Ese patrĂłn ha aparecido repetidamente a lo largo del Ășltimo siglo.

Por eso resulta necesario analizar cuidadosamente ciertos discursos contemporĂĄneos. Especialmente aquellos que presentan a sectores polĂ­ticos enteros como obstĂĄculos que deben ser eliminados del escenario nacional.

La democracia existe precisamente porque nadie posee el monopolio de la verdad. La democracia supone convivencia entre diferencias, supone desacuerdos, supone contradicciones y, sobre todo, supone reconocer la legitimidad del otro.

Cuando una corriente polĂ­tica comienza a considerar que quienes piensan distinto representan un problema que debe ser erradicado, las alarmas deben encenderse.

No porque toda derecha sea fascista, esa afirmaciĂłn serĂ­a absurda. La democracia necesita derechas, izquierdas, centros y mĂșltiples corrientes ideolĂłgicas.

El problema surge cuando determinadas expresiones polĂ­ticas abandonan el pluralismo; cuando reemplazan el debate por la confrontaciĂłn permanente, cuando convierten la identidad polĂ­tica en una cruzada moral, cuando transforman las instituciones en obstĂĄculos que deben ser neutralizados.

La experiencia internacional demuestra que estos procesos no aparecen de la noche a la mañana. Se construyen lentamente y avanzan aprovechando frustraciones sociales reales, utilizan crisis económicas, utilizan inseguridad, utilizan desconfianza institucional y convierten esos problemas en combustible político.

Por eso el desafĂ­o no consiste Ășnicamente en rechazar discursos extremistas, consiste tambiĂ©n en responder a las causas que permiten su crecimiento, en: (La desigualdad, la corrupciĂłn, la inseguridad y la desconexiĂłn entre ciudadanĂ­a e instituciones.)

Ignorar esos problemas solo fortalece a quienes prometen soluciones simples para problemas complejos. Sin embargo, tampoco puede aceptarse que la respuesta a esas crisis sea el debilitamiento de derechos, libertades o garantĂ­as democrĂĄticas.

La democracia siempre serĂĄ imperfecta, pero sigue siendo preferible a cualquier proyecto que pretenda reemplazar la diversidad por la uniformidad.

La historia del siglo XX dejĂł suficientes lecciones sobre los riesgos de los mesianismos polĂ­ticos, por eso conviene observar con atenciĂłn los movimientos que hoy avanzan en distintas regiones del mundo.

No para repetir consignas o para alimentar miedos, sino para comprender que las amenazas a la democracia rara vez llegan anunciĂĄndose como amenazas.

Generalmente llegan prometiendo orden, grandeza, salvaciĂłn o futuro; pero observando atentamente sus propuestas descubrimos algo distinto.

Descubrimos que muchas veces no nos estån ofreciendo un mañana diferente, nos estån ofreciendo un regreso, nos venden un futuro pintado con los colores del pasado, nos ofrecen progreso mirando por el espejo retrovisor y ahí radica la verdadera paradoja de nuestro tiempo.

Porque detrås de la estética de la innovación, detrås de la retórica antisistema y detrås de la promesa de ruptura, aparece una realidad mucho mås simple: el intento de restaurar viejas formas de poder bajo nuevos discursos.

En Ășltimas, la mejor definiciĂłn de este fenĂłmeno cabe en una sola frase: "El futuro segĂșn el ayer".

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Milton Ardila - Comunicador social (EF) - Defensor de Derechos Humanos.
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